A dog sits on top of the rubble of a wall that collapsed during a massive earthquake, in Mexico City, Friday Sept.8, 2017. One of the most powerful earthquakes ever to strike Mexico hit off its southern Pacific coast, killing at least 35 people, toppling houses, government offices and businesses. Mexico's capital escaped major damage, but the quake terrified sleeping residents, many of whom still remember the catastrophic 1985 earthquake that killed thousands and devastated large parts of the city.(AP Photo/Marco Ugarte)

Mi perro y sus temperaturas o de cómo nace una amistad en el sismo

Por Laura Athié*

Quizá está enamorado, pero lo dudo, porque cuando el veterinario le quitó un testículo le arrancó también el corazón. Desde entonces se volvió un pequeño monstruo de cuatro patas que se avienta sobre la panza del abuelo tratando de arrancarle la yugular y luego la cabeza o ladra hacia la nada desde el balcón asustando a los niños que pasan por la calle. Antes solía tener amigos pero ahora nadie lo quiere más que yo y eso que yo no lo quise durante largo tiempo. 

Todo iba relativamente bien hasta que comenzaron los calores. Él empezó a rascarse como un desesperado y yo a sudar. Nos miramos durante cuatro lunas seguidas sin decirnos nada. Yo quería aventar las cobijas contra la pared y gritar: ¡sigo siendo joven!, y él quería arrancarse la piel con la pata de la cama hasta que lo logró y comenzó a dejar correr la sangre de su lomo hacia el piso multicolor de nuestra casa.

No nos dijimos nada porque él sabe que yo sé su dolor, y yo sé que él, con todo y sus amarguras viene sufriendo el desamor desde que era un cachorro.

Primero, el entrenador lo desahució con tan solo dos horas de lanzarle una bola: “Su perro no ha nacido para esto ─me dijo─, es hiperactivo, jamás entenderá”, y lo dejó en el quicio de la puerta como una bolsa de la basura. Él, como roca peluda y bicolor, no lloró, solo movió la mitad del rabo mal cortado que le caracteriza desde que asomó a nuestras vidas, se detuvo un rato debajo de mis botas, giró la cabeza para mirarme, ladeó una oreja como diciendo no me importa tanto y se metió, ignorándome durante días.

Luego volvió a morir sobre la placa de metal de la sala del consultorio cuando el veterinario nos dijo hay que operar porque tiene un testículo amoratado y puede convertirse en tumor, y le encajó una aguja enorme arriba del muslo hasta que Manchas cerró su hocico y luego sus ojos y no miró más hasta varias horas después, cuando intentó levantar su mutilado cuerpo ya no pudo, así que se tiró durante días sobre la cama de mi hija Abril y solo se levantó cuando sintió el olor de una lata de atún cerca. ¡Volviste a ser!, le dijimos, ¡ven acá, Manchú! Y corrió hacia nosotros como si bailara con una pata porque la otra se le había doblado de pura indignidad. Ya no era el mismo, había comenzado a hacerse viejo.

Quién sabe entonces si habría aguantado otro despecho como el que sufrió con la Alaska Malamut que le rebanó el cuello cuando él, no habiéndose fijado en su estatura, la quiso sorprender por detrás para demostrarle cuánto la amaba pero ella, engreída, no lo entendió y se le fue con una serie de reclamos que lo dejaron solo sobre la yerba chorreando sangre como muslo de torero. De ahí fue cuando se hizo un limón viejo y ya no dejó que lo tocaran más.

Fue justo en ese tiempo cuando yo también comencé a amargarme. Los dos concluimos que no éramos ni el uno para el otro ni para nadie más y solíamos cantar, cada quien por su lado, la canción de Juan Gabriel, «yo no nací para amar, nadie nació para mi«, y le cerramos la puerta al resto del mundo hartos de tantos desazones. Salíamos a pasear por las mañanas sin saludar, mirábamos al suelo no para evitar los tropiezos sino para no tener que conversar con nadie. Pasábamos las noches casi en vela, yo frente al teclado y él detrás de mí sin gruñido ni palabra, solo así, dejando que las horas se fueran como se había ido Abril cuando nos dijo, a él y a mi, «me voy con mi papá, allá no hay más espacio y entonces los dos nos sentimos un estorbo.»

Ni Manchas quería vivir conmigo ni yo con él, pero no lo dijimos. Él siguió comiendo sus tres platos de croquetas con su estómago descomunal y yo dejé de comer hasta ponerme flaca mientras escribía anuncios para deshacerme de él sin que lo notara:

«Se regala perro simpático y obediente, muy cariñoso», escribí la primera vez. Llame a este número. No sonó nada.

«Jack Russell de mediana edad y con tremenda alegría. Llenará su casa de felicidad. Informes a este mail». Ni un mensaje llegó.

Coloqué hojas de papel con la leyenda de venta en los postes de las calles y en las plazas, nadie tuvo interés. Los malosos arrancaron su imagen y algunos le pusieron bigote. Lo anuncié en las páginas de Facebook y en el Instagram y nadie lo quiso. Puse una oferta en Mercado Libre en la que podía leerse: 

«Llévese al perro gratis y le regaló un paquete de libros» y luego: ¿Busca usted un perro? Aquí le tengo al de sus sueños o, este es el perro que sus hijos siempre quisieron tener. Una vez llamó una señora diciendo que si le daba los libros pero no al perro y supe que todo era un fracaso.

Él hacía como que no se daba cuenta de mis argucias para sacarlo de mi vida y yo me levantaba media hora más temprano llamar a las casas de adopción hasta que un día tembló. Eran las 11 de la noche cuando el techo del departamento en el que habitamos comenzó a crujir más que su panza y no nos quedó otra más que vernos aunque llevábamos meses ignorándonos. 

Pasamos de ser un par de extraños a un dúo de histéricos que hicieron todo lo que no se tiene que hacer durante un sismo.

Él me mordió. Yo le di una patada. Todas las paredes seguían sonando como cáscaras de huevo. Él comenzó a ladrar como un loco y yo grité hasta que él enterró sus dientes en mi pantalón con todo el odio que me había guardado. Yo le dije vete, ¡vete!, no te quiero y él me hincó el diente en la pantorrilla aún más y entonces lloramos. Él dijo auu, auuú y yo abrí la puerta hecha un torrente y luego la cerré cuando sonó la alarma sísmica. Di diez pasos y voltee con las llaves en la mano. Él se había quedado en la sala. Con todo el pavor del mundo regresé. Abrí de nuevo. Manchas estaba petrificado entre los sillones como si no existiera razón de vivir. Se me vino a la mente la imagen de la perra loca que casi lo mata por amar y su fuerza tremenda después de que le quitaron la hombría con un bisturí y me arrepentí de haberlo abandonado.

El edificio se tambaleaba cuando lo cargué como a un bebé para apretarlo contra mi vientre. ¡Cómo pesas!, le dije. Ya no se movió. ¡Está temblando!, le grité. Nos vamos a morir, Manchú. No ladró nada, sólo me miró con esos ojos que tiene que parece que le van a explotar de tantas venas rojas, como si quisiera decirme lo que los dos sabemos: estamos solos.

Comenzamos a bajar los cuatro pisos. Por entre la gente en pijamas y toallas que trataba de llamar a sus familiares nos descubrimos así, como los dos ya sabemos que lo estamos, sin nadie más.

Me vio con esa mirada que derriba muros, yo no lo dejé en el piso.

Lo estreché como si aferrarme a él me devolviera a mi hija y al amor y a todo eso que había venido perdiendo desde hace tanto y él aguantó mi fuerza y mi nostalgia y no me lastimó más.

─Para qué morderme, ¿verdad? ─le pregunté─, si tú y yo ya estamos lastimados.

A la media hora, cuando todo se calmó volvimos al piso en el que habíamos venido conviviendo durante meses sin hablar, comiendo lo que había que comer para seguir, durmiendo como se tiene que dormir cuando nada importa, despertando porque suena el despertador y comiendo de nuevo hasta el infinito en esa existencia laberíntica de los abandonados. Pero ya no fue igual. Él siguió sentándose detrás de mí y comenzó a observar mi pantalla como si pudiera entender lo que escribía y yo empecé a decirle: ¿Qué te parece así, Manchú? ¿te gustó esta historia?, hasta que lo dejé dormir en mi habitación, sobre mi cama y él dejó de ignorarme.

A partir del sismo las salidas a pasear fueron un caminar de amigos y los viajes en bicicleta momentos de libertad como cuando con nosotros vivía Abril. Los domingos compartimos salchichas y los sábados las series de Netfilx. Así llegó la Paz en forma de una perra Chihuahua que vino a acompañar nuestras vidas y luego volvió el amor para mi. Nos convertimos no en dos sino en cinco con la llegada de una Labrador para formar una familia bizarra que intentaba quererse sin que nadie firmara más compromiso que la necesidad de ser importante para otros.

Los platos de alimento para perro se volvieron tres y a los pies míos y del hombre que amo durmieron todos hasta que nuestros días y noches dejaron de ser un fantasma insoportable.

Todo parecía luz hasta hace un mes, una noche, cuando yo me quité toda la ropa, luego me paré a bañar y luego lloré desesperada. Él se talló y se talló el lomo contra la madera de los muebles del cuarto hasta que se arrancó la piel del lomo y luego se arrastró por el suelo hasta ponerse el vientre colorado y lloró y lloró tanto que los demás despertaron.

Esa fue la primera noche de calor. Él volvió a mirarme una vez más y yo lo miré también pero ninguno de los dos nos dijimos nada. A las 3 de la mañana comenzaba el ardor y luego las altas temperaturas y luego la desesperación solo para él y para mi porque el resto roncaba como debe de hacerse cuando el reloj biológico sigue.

─¿Pero aún somos jóvenes, ¿verdad Manchú?, le pregunté hace dos días después de varias noches de calores. 

Él no ladró más, sólo me miró con esos ojos suyos que tiene llenos de venas que parece que explotan y le brillan como canicas en un patio con lluvia y luego se volteó. Caminó muy lentamente hacia su cama. Recargó su hocico contra el suelo y resopló una verdad. Y los dos nos fuimos desinflando como globos pinchados y ya no hubo más ladrido ni palabra.

Foto: Manchas, quien murió en febrero de 2022, en sus años mozos.

Autor

  • Laura Athié

    Orgullosa madre de Abril. Analógica. Es maestra y doctoranda en Ciencias del Lenguaje por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Maestra en Política Educativa por el Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación (IIPE) de la UNESCO en París, Especialista en Educación por el IIPE Buenos Aires y la FLACSO México. Comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California. Diplomada en Terapia Narrativa por el Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia. Autora de publicaciones (auto)biográficas, materiales de lectura para educación media e investigaciones sobre memoria. Entre sus libros se encuentran De cómo cocinaban las abuelas (2011), Calva y Brillante como la luna (2013), Robótica, los jóvenes que se atreven a hacerla en México (2008) y, Nos esforzamos y somos valientes. Memorias de nuestras batallas con el lupus (LEM, 2022). En 2020 fue reconocida como una de las intelectuales de ascendencia libanesa más destacadas en el área de cultura por el Centro Mexicano Libanés. Es codirectora de LEM: Centro de Producción de Lecturas, Escrituras y Memorias, centro radicado en Puebla, dedicado al rescate, documentación e investigación de la memoria individual, familiar y social: www.lemmexico.com. www.tejedoradehistorias.com https://tejedoradehistorias.wordpress.com/ Linkedin: @lauraathie / YouTube: @lauraathie / Facebook: @lauraathie Twitter: @lauraathie / Instagram: @lauraathie / Spreaker: @lauraathie

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  1. Manchas, fue un perrito con una gran
    personalidad, un carácter lleno de inocencia que exigía amor y respeto, qué en mi opinión dejó muchas huellitas de amor en muchos corazones! Al menos en el mío así fue! Y que jamás será olvidado! ❤️

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