Los violines de Cremona 

Por Javier Gutiérrez Ruvalcaba 

Cremona es un municipio italiano ubicado en Lombardía y sin ser una de las principales localidades para el turismo internacional, a nivel cultural es uno de los principales focos de interés para los historiadores de la música, ya que desde el siglo XVI se ha desarrollado la fabricación artesanal de instrumentos de cuerda frotada. Su importancia es tal que, en 2012, la fabricación artesanal de violines en esa provincia fue declarada por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Este instrumento que se presume nació en el siglo XVI, pues en un documento del 17 de diciembre de 1523, encontrado en la Tesorería General de Savoya, se hace la mención más antigua con esa denominación, donde consta un pago por «trompetas y violines».  

Hacia 1564, a Andrea Amati, el precursor de la escuela de luthiers del lugar, se le reconoce por ser el creador de la llamada «familia de violín» (viola, violonchelo y el propio violín) y por ser el creador de este instrumento de cuatro cuerdas más añejo conocido. Otros dispositivos similares, pero de tres cuerdas, también se fabricaban en ese siglo por otros lauderos.

Lorenzo de Medici fue el causante de que a Amati se le ocurriera esta nueva versión del dispositivo, encargado de llevar la melodía en una orquesta sinfónica. En una carta enviada a Amati, especificó cómo debería ser este artilugio que se creara en específico para él: «estar hecho de materiales de la más alta calidad, pero fácil de tocar».

Amati tuvo otro encargo para su invención, el Rey Carlos IX, de Francia, le encomendó la construcción de veinticuatro piezas de sus violines. Aunque no se sabe con precisión de qué materiales consistió su prototipo, se sospecha que su armado y componentes fue muy similar a los que aún persisten de esa época. Durante esos años, los fabricantes de laúdes también se aventuraron a la construcción de violines, pero no de la calidad de los de Amati.

La verdadera revolución en su conformación estructural y auditiva se dio en 1666, fecha del primer violín construido por un pupilo del nieto de Andrea Amati, Nicolò Amati, llamado Antonio Stradivari, quien realizó varias innovaciones en la forma y en el barnizado del instrumento creado por el abuelo de su tutor, y que le proveyeron de una enorme mejora en su sonoridad, timbre y proyección. Los conocedores presuponen que los mejores fueron confeccionados entre 1700 y 1725.

Los violines stradivarius son tan estimados que varios de ellos poseen nombres propios, procedentes del individuo para quien fue fabricado. Entre los de mayor fama se encuentran el Lipinsky, de 1715 y el Messiah, de 1716, el cual nunca se vendió y el violista conservó hasta su muerte. Hoy se le puede apreciar en el Ashmolean Museum de Oxford, en Inglaterra, protegido bajo clima controlado. A partir de 1725, sus aperos de cuerdas fueron perdiendo su excelsitud, pero siguieron siendo de los mejores del ramo hasta el final de sus días.

Para las cajas de los violines, el gran maestro utilizaba dos tipos de leños, arce de los Balcanes y abeto rojo. Él personalmente compraba los troncos y los secaba en la terraza de su taller. Era tan obsesivo, cuentan, que en las noches de luna llena, caminaba, provisto de una antorcha, por los bosques de Val di Fiemme, para observar detenidamente los abetos rojos. Si encontraba uno de su agrado, arrancaba un trozo de su corteza y lo golpeaba con un pequeño martillo que siempre cargaba encima. Solo si su sonido era el adecuado, ordenaba la tala.

Únicamente fabricaba poco menos o poco más de veinte artefactos de cuerdas por año. En la actualidad, aún existen, de su taller, quinientos cincuenta violines, sesenta y tres violonchelos, dieciocho violas, cuatro mandolinas, catorce contrabajos, dos guitarras y solamente un arpa.

Para identificar la autenticidad de un Stradivarius es necesario verificar la calidad del barnizado, que semeja una llama dorada; observar que los agujeros de resonancia (la efe) posea una talla meticulosa; revisar que tenga su forma abombada; examinar que sea la clásica voluta; y, poner mucha atención en atisbar que el cartucho pegado en el fondo del violín esté la leyenda «Antonius Stradivarius cremonensis faciebat anno», al lado de la fecha de fabricación, y, desde luego, en su inconfundible sonido.

Expertos, todavía en este 2023, se siguen quebrando la cabeza para encontrar el porqué de la magia de tan sublime sonido de los violines Stradivarius, que si el diseño, que si las maderas o que si el barniz. Quienes aseguraban que el tinte utilizado por el maestro era la clave, se fueron de bruces cuando un análisis espectográfico y químico que científicos franceses realizaron reveló que no había ningún ingrediente exótico y si los mismos aceites y sustancias resinosas que todos los luthiers de la época aplicaban.

Otros más se fueron con la hipótesis de que una temporada inusual de heladas que afectaron Europa entre 1645 y 1715 fue la causa, ya que los abetos que utilizaba el artesano crecieron con más lentitud de lo habitual y por ello su madera era muy densa, sin embargo, estudiosos de la acústica no encontraron que entre más densa los leños, mejor resonancia.

Algunos de los decepcionados por no encontrar el origen del hechizo optaron por referir que los Stradivarius no poseen ninguna virtud sonora, sino que todo es cuestión meramente psicológica y que se necesita estar completamente loco para erogar más de quince millones de dólares por uno de esos violines. 

Ante todo este barullo, un sinnúmero de melómanos opinan que tal vez tengan que ver los compuestos minerales de las montañas de Cremona y que era utilizada por Stradivari. Entre si son peras o manzanas, lo que sí es del dominio público es que los luthiers de Cremona poseen el don de fabricar obras maestras entre los instrumentos de cuerda, y muy especialmente con sus violines.

Todos los aprendices de este oficio que acuden a la Scuola Internazionale di Luteria di Cremona, asentada en esa provincia de Lombardía, a 408 kilómetros de Roma y 9,178 de la ciudad de México, tendrán una estrecha relación maestro-alumno, que les ayudará para adquirir la confianza necesaria para convertirse en los mejores maestros artesanos elaboradores de los mejores violines del mundo. Ya que aprendieron la teoría, continúan con la práctica en los talleres locales, donde fabricarán entre tres y diez utensilios musicales por año. Todo ensamblado a mano, luego de elaborar en moldes más de setenta piezas de madera individuales. 

Cada parte ya tiene definida su carpintería específica, que ha sido secada en forma natural. El abeto para la tapa, la barra armónica y el alma. El arce europeo para el fondo, aros, mango y puente. Para los contra-aros y los taquillos se utiliza, indistintamente, abeto, álamo, sauce o cualquier madera ligera. Nunca utilizan ningún material industrial o semindustrial, estando rotundamente prohibida la pintura en aerosol. 

Dos asociaciones el «Consorzio Liutai Antonio Stradivari» y la «Associazione Liutaria Italiana» son las que promueven esta fabricación artesanal. Tan exacta es su ingeniería que hoy en día se siguen construyendo con las mismas especificaciones y medidas como se realizaban desde hace siglos.

Tras el reconocimiento por parte de la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en el 2013 se inauguró el Museo del violino, en el Palazzo dell’Arte en Cremona, que posee un auditorio donde se presentan conciertos con instrumentos elaborados en sus propios talleres.

Autor

  • Javier Gutiérrez Ruvalcaba

    Javier Gutiérrez Ruvalcaba Amante del buen comer, bibliófilo, cinéfilo, melómano y futbolero. Realizó estudios en Etnología y Letras Hispánicas. Se ha desempeñado como periodista cultural por más de treinta años, colaborando en varios medios, como Jueves de Excélsior, Revista de Revistas, Novedades, El Universal, El Financiero, Congresistas, Soft Magazine, Neotraba, entre otros. Ha sido editor, promotor cultural, funcionario público y asesor parlamentario. Redes sociales Facebook: Javier Gutiérrez Ruvalcaba Instagram: @javiergutierrezruvalcaba

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