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Cuando el lenguaje también entró en confinamiento

Por Javier Gutiérrez Ruvalcaba

Durante años, la palabra cultura fue la más buscada en el Diccionario en línea de la Real Academia Española. El dato no es menor ni anecdótico; revela una pulsión colectiva por nombrar aquello que nos articula, que nos permite reconocernos como comunidad simbólica más allá de lo inmediato. Sin embargo, esa inercia se vio interrumpida de golpe cuando nos topamos con la crisis sanitaria y tuvimos, irremediablemente, que aislarnos. Entonces ocurrió un desplazamiento semántico tan abrupto como el encierro mismo: confinamiento se convirtió en el vocablo con mayor pesquisa dentro del portal de la RAE.

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Entre febrero de 2020 y marzo de 2021, el sitio alcanzó la cifra histórica de mil millones de vistas. No se trató de una curiosidad lingüística pasajera, sino de una urgencia compartida por entender, definir y domesticar mediante el léxico una experiencia inédita. Pandemiacuarentena y asintomático acompañaron esa búsqueda casi obligada, como si el lenguaje pudiera ofrecer un mínimo de control frente a un mundo que se desmoronaba en tiempo real. Fue tal el impacto de este fenómeno que la FundéuRAE la eligió como la palabra del año 2020. En ese periodo, los países que más recurrieron al diccionario fueron España, México, Colombia, Argentina y Perú; una cartografía del desconcierto que es, al mismo tiempo, la confirmación del español como nuestro refugio panhispánico común.

El confinamiento no solo clausuró espacios físicos, también reordenó nuestras jerarquías simbólicas. La cultura, desplazada momentáneamente del centro de las búsquedas, no desapareció: se transformó en necesidad silenciosa. Libros, música, cine, series y archivos digitales sostuvieron la cordura colectiva mientras el cuerpo permanecía inmóvil. No buscábamos la palabra cultura porque la estábamos ejerciendo de manera casi desesperada, incorporada al día a día como una forma de resistencia íntima ante la incertidumbre.

En la pospandemia, ese movimiento se vuelve aún más elocuente. Regresamos al espacio público, pero no al mismo estado mental. El lenguaje quedó marcado por la experiencia del encierro y la fragilidad compartida. Palabras que antes parecían técnicas o ajenas entraron al habla cotidiana, mientras otras, como normalidad, se volvieron sospechosas. La cultura reaparece entonces no como ornamento, lo hacecomo herramienta crítica para procesar lo vivido, para narrarlo sin edulcorarlo y para evitar que la excepcionalidad se diluya en el olvido.

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Que millones de personas hayan acudido a un diccionario en medio de la crisis sanitaria dice mucho más de nosotros de lo que parece. En el momento de mayor aislamiento físico, buscamos una lengua común. En la etapa posterior, cuando el ruido del mundo volvió a imponerse, esa búsqueda persiste de otro modo, menos visible pero igual de urgente. Lapandemia nos confinó, sí, pero nos recordó que nombrar es una forma de estar juntos, y que la cultura, pese a dejar de ser la palabra más buscada, sigue siendo el espacio donde intentamos entender quiénes somos después de la catástrofe

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